Hemos finalizado un nuevo libro. Otro más en el haber de nuestro club que, poco a poco, va creciendo y madurando como los niños a los que se les quiere y se les mima desde el principio.Caperucita en Manhattan ha supuesto para algunas de nosotras un reencuentro con anhelos de la infancia, con ese ansia de independencia que tenemos de niños vista con la ingenuidad característica de los primeros años.
Esta vez la Caperucita reflejada en la historia por Martín Gaite se manifiesta como una niña madura, absolutamente respetuosa con la privacidad de los demás (intimidad de la que ella se ve privada por su madre en un esfuerzo por sobreprotegerla), que entiende inmediatamente el momento en el que se encuentra su abuela mientras baila con un antiguo admirador. ¿No sería este un final maravilloso para nuestra historia? Podría ser, sin embargo eso hubiera supuesto dejar a Caperucita sin una merecida recompensa. Hubiera sido un final propio del cine al que tantas referencias ha hecho la autora en este libro, aunque brindar un homenaje tan exacerbado al celuloide habría dejado huérfana la esencia de la historia.
El "happy end" por el que opta Carmen Martín Gaite no podía por menos que recompensar la intensidad con la que vive Sara su historia. Finalmente, tras sus aventuras con la abuela, con el "lobo" Mr. Woolf, que sin ser tal, bien pudiera serlo por su descripción física, y por supuesto con el hada "coadyuvante" Miss Lunatic, Sara Allen decide plantarle cara a todos sus miedos y aplicar la enseñanza transmitida por Miss Lunatic, viviendo su aventura plenamente y lanzándose al vacío con todas las consecuencias.
Nos han quedado muchos asuntos pendientes, quizás podríamos haber reflexionado sobre la soledad a la que se enfrentan todos los personajes, sobre el miedo a la libertad y sobre el peligro que supone el ser humano para sí mismo. Estos temas están aquí y siguen pendientes de reflexión, por lo que algún día, a lo mejor, podemos releer este cuento maravilloso, sin prisa, como haría Miss Lunatic.
Esta vez la Caperucita reflejada en la historia por Martín Gaite se manifiesta como una niña madura, absolutamente respetuosa con la privacidad de los demás (intimidad de la que ella se ve privada por su madre en un esfuerzo por sobreprotegerla), que entiende inmediatamente el momento en el que se encuentra su abuela mientras baila con un antiguo admirador. ¿No sería este un final maravilloso para nuestra historia? Podría ser, sin embargo eso hubiera supuesto dejar a Caperucita sin una merecida recompensa. Hubiera sido un final propio del cine al que tantas referencias ha hecho la autora en este libro, aunque brindar un homenaje tan exacerbado al celuloide habría dejado huérfana la esencia de la historia.
El "happy end" por el que opta Carmen Martín Gaite no podía por menos que recompensar la intensidad con la que vive Sara su historia. Finalmente, tras sus aventuras con la abuela, con el "lobo" Mr. Woolf, que sin ser tal, bien pudiera serlo por su descripción física, y por supuesto con el hada "coadyuvante" Miss Lunatic, Sara Allen decide plantarle cara a todos sus miedos y aplicar la enseñanza transmitida por Miss Lunatic, viviendo su aventura plenamente y lanzándose al vacío con todas las consecuencias.
Nos han quedado muchos asuntos pendientes, quizás podríamos haber reflexionado sobre la soledad a la que se enfrentan todos los personajes, sobre el miedo a la libertad y sobre el peligro que supone el ser humano para sí mismo. Estos temas están aquí y siguen pendientes de reflexión, por lo que algún día, a lo mejor, podemos releer este cuento maravilloso, sin prisa, como haría Miss Lunatic.


