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viernes, 13 de julio de 2007

Reseña de "El Palacio de la Luna"

Inma ha publicado una reseña sobre El Palacio de la Luna en "leergratis.com":
Esta novela de Paul Auster, publicada en Nueva York en 1989, tiene como tema central el descubrimiento, en este caso, el descubrimiento de la propia persona. Marco Stanley Fogg es un joven estadounidense que inicia el relato de su vida, justamente, el verano en el que hombre pisó por primera vez la luna.

Y es la luna la que inunda toda su vida, entorno a ella se va a ir moviendo por parte de la geografía de su país y, al mismo tiempo, por su propia geografía.

Para leer toda la reseña, pulsar aquí.

miércoles, 4 de julio de 2007

Propuestas de reflexión sobre el "Palacio de la luna"

Hemos concluído ya la lectura del "Palacio de la luna", para celebrarlo y para enriquecer de algún modo nuestro contacto con la obra de Paul Auster, hemos decidido ver la película "Smoke", de cuyo guión es autor Auster.
Antes de eso quiero plantear aquí algunos temas para debatir en común o reflexionar en privado. He extraído algunas frases de estudios o artículos sobre otras obras de Paul Auster o sobre el conjunto de su obra y os propongo plantearnos de qué modo están presentes esos temas en nuestro "Palacio de la Luna" y, cuando veamos "Smoke", ver si también Paul Auster ha dejado esas "huellas de estilo" en el guión de esta película.
1º En el artículo "A vueltas con el azar: el retorno de Paul Auster", Daniel Sánchez Peralta afirma:
"La pérdida de un ser querido es un tema recurrente en la obra de Auster y a este hecho le sucede siempre un periodo de desorientación total que lleva a sus protagonistas a dejarse arrastrar por el azar."
Parece evidente que "El Palacio de la Luna" no es ajeno a esta tendencia ¿En qué momentos y de qué modo se manifiesta este tema en esta novela? ¿Cuáles son las pérdidas que experimenta el protagonista?

2º En el mismo artículo se dice:
"La figura paterna existe por ausencia en la obra de Auster y podemos considerarla una de las causas que explican en contadas ocasiones la aparente falta de apoyo familiar de sus personajes."
La importancia de la figura paterna en la novela que nos ocupa es obvia, pero ¿de qué modo la ausencia de esa figura marca al personaje de Marco? ¿Esto determina su carácter y la búsqueda de su propia identidad?

3º Diversos estudiosos señalan la casualidad como elemento narrativo en la obra de Auster. Se dice que es el escritor
"del azar y de la contingencia".
Reflexionemos sobre estos dos temas en "El Palacio de la luna".

4º Más temas recurrentes en Auster y presentes también en "El Palacio de la luna": el viaje, el vagabundeo, el desapego...

5º En función de todo lo anterior y de otras consideraciones que vosotras mismas podáis extraer ¿Cómo describiríais al protagonista de la historia?

6º Qué os parece el estilo de este autor: sus digresiones, historias dentro de otras historias, etc.

Espero vuestros comentarios.

Marua

lunes, 4 de junio de 2007

El arte en el cap. 4º de "El Palacio de la Luna"

Entre las múltiples y ricas referencias culturales que pueblan la literatura de Paul Auster ocupan un lugar destacable las concernientes a la pintura. Ello debe enriquecerse sin duda con las aportaciones de destacados pintores contemporáneos con los que Auster mantiene lazos de amistad. Así es el caso de "El Palacio de la Luna". Auster confesaba en una entrevista en mayo de 1995 (publicada en el "Dossier Paul Auster: la soledad del laberinto" de Gérard de Cortanze) su deuda a este respecto con David Reed:
«Sí. David Reed, un amigo pintor, es la fuente de muchos elementos que aparecen en El Palacio de la Luna. Fue él quien me habló de Blakelock. Es su experiencia como recluta (y no la mía) la que cuento a través del personaje de Fogg. Con él viajé al Oeste, a las montañas del Oeste, a Arizona y Utah, donde vivía... El Palacio de la Luna debe mucho a David Reed.»
Así pues el cuarto capítulo de "El Palacio de la Luna", que en estos momentos estamos leyendo, está plagado de referencias al mundo de la pintura. Es el capítulo en el que se inicia la relación de Fogg con Thomas Effing un viejo paralítico que, en otro tiempo, fue un gran pintor. El mundo de Effing y el relato de su vida que ofrece al joven Fogg están marcados por su condición de pintor. Asimismo el paisaje en que se desarrolla gran parte del relato del pintor es un paisaje también por sí mismo de gran riqueza pictórica.

Veamos pues algunas de estas referencias al arte:

«Había un solo cuadro en la habitación, un grabado grande dentro de un marco negro, que representaba una escena mitológica llena de figuras humanas y de una plétora de detalles arquitectónicos. Más adelante supe que era una reproducción en blanco y negro de una de las tablas de una serie de pinturas de Thomas Cole titulada El curso del imperio, una saga visionaria del esplendor y la decadencia del Nuevo Mundo.»
[Ralph Blakelock. Moonlight]
«Una luna llena perfectamente redonda ocupaba el centro del lienzo -el centro matemático exacto, me pareció- y este pálido disco blanco iluminaba todo lo que había por encima y por debajo de él: el cielo, un lago, un árbol grande con ramas como arañas y las montañas bajas del horizonte. En primer término había dos pequeñas zonas de tierra, separadas por un riachuelo que corría entre las dos. En la margen izquierda se veía una tienda india y una hoguera; parecía haber varias figuras sentadas alrededor del fuego, pero era difícil distinguirlas, eran sólo mínimas sugerencias de formas humanas, unas cinco o seis, enrojecidas por el reflejo de las ascuas de la hoguera; a la derecha del árbol grande, separada de las otras, se veía una solitaria figura a caballo que miraba por encima de la corriente, completamente inmóvil, como perdida en sus pensamientos. El árbol que tenía detrás era unas quince o veinte veces más alto que él y el contraste le hacia parecer enano, insignificante. Él y su caballo no eran más que siluetas, perfiles negros sin profundidad ni individualidad. En la otra margen las cosas eran aún más tenebrosas, casi totalmente sumidas en las sombras. Había unos cuantos árboles pequeños con las mismas ramas como arañas del árbol grande y luego, en la parte inferior, una diminuta mancha de claridad que me pareció podría ser otra figura (tumbada de espaldas, tal vez dormida, tal vez muerta, tal vez contemplando la noche) o tal vez los restos de otra hoguera, no pude llegar a una conclusión. Me entregué de tal modo al estudio de estos oscuros detalles de la parte inferior del cuadro que cuando finalmente levanté la vista para examinar otra vez el cielo, me sorprendió ver lo luminoso que era todo en la mitad superior. Incluso teniendo en cuenta la luna llena, el cielo parecía demasiado visible.»

«-Ralph me dio la idea -dijo-, pero fue Moran quien me convenció de que lo hiciera. El viejo Thomas Moran, con su barba blanca y su sombrero de paja. Vivía en Long Island en aquellos tiempos y pintaba pequeñas acuarelas del estrecho. Dunas y hierbas, las olas y la luz, toda esa faramalla bucólica. Muchos pintores van allí ahora, pero él fue el primero, él inició todo eso. Por eso me puse Thomas cuando me cambié el nombre. En honor suyo...»


[Thomas Moran - Moonlit Seascape 1891]


Marua

viernes, 1 de junio de 2007

¿Que por qué la Luna?

La Luna, Mene, Selene… siempre cambiante, siempre en el tránsito de una fase a la otra, siempre cambiando de lugar y forma, es al mismo tiempo símbolo de tranquilidad, paz y silencio (ese singular silencio que Neil Amstrong contaba haber experimentado al poner su pie por primera vez en la superficie de nuestro satélite); de luz (la luz de la razón) y de misterio (el lado oscuro de la Luna es el del cosmos y el del ser humano).
Ese silencio, esa tranquilidad de la Luna acompañan a Fogg, protagonista de “El Palacio de la Luna” -novela cuya lectura y debate nos ocupan en la actualidad- desde el primer capítulo. En esos primeros momentos de introversión, de ensimismamiento en su propio ser, la luna lo interpela desde las letras de un cartel de neón, como el haz de luz de un faro: es la luz y es el silencio. Es también ese un momento en el que Fogg cae en un dejarse llevar, inerte, por la corriente sin retorno de las circunstancias. La vida es entonces sólo un fluir que le conduce a la autodestrucción. Un fluir que está en la raíz de todo. El cambio es paradójicamente la mayor constante en el cosmos, en nuestras vidas. El propio Fogg nos recuerda en el capítulo 2 a Heráclito, el filósofo griego que defendía que el fundamento de todo está en el cambio incesante, que todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa. “Panta réi”, todo fluye.
La causalidad ya no era el oculto demiurgo que gobernaba el universo: abajo era arriba, el último era el primero, el final era el principio. Heráclito había resucitado de su montón de estiércol y lo que tenía que enseñarnos era la más simple de las verdades: la realidad era un yo-yo, el cambio era la única constante.
Así es como Fogg se deja fluir hasta que es salvado, momento en que su vida da un giro completo y se transforma en otra absolutamente distinta.

¿No es ese el mismo proceso de la Luna? ¿No “fluye” continuamente desde la completa luz y blancura hasta la absoluta oscuridad y negritud? ¿No es siempre única pero siempre distinta?
Esta otra cualidad de la vieja Selene acompaña pues al protagonista de esta novela de Paul Auster a partir del momento en que empieza a dejarse llevar por la inercia de los acontecimientos.
Una vez renacido de esa fase, lo vemos sucumbir al amor ¡De nuevo la Luna! De nuevo el símbolo de los enamorados. Selene que enamorada apasionadamente del pastor Endimión, abandona cada noche su trono en el cielo, en el turno que le cede su hermano Helios (el Sol) y a la espera de la llegada de su hermana Eos (la Aurora), e, incumpliendo su deber, baja a la tierra a recostarse dulcemente junto a su amado. Selene, la Luna, eterna compañera e inspiradora de enamorados, presente una vez más en un momento crucial de la vida de Marco Stanley Fogg.
Y de nuevo su vida da un giro, se inicia una nueva fase lunar, una fase que lo lleva a oír la historia de un vagar por un inmenso desierto salado, silencioso, rocoso, rudo, estéril. ¿No es ese un vagar por un territorio que más bien podría decirse de la superficie lunar?


Y aún vamos sólo por el capítulo 4, pero ¿alguien cuestionaría ya el por qué del título de esta novela?

Marua

jueves, 31 de mayo de 2007

El influjo de la luna

Nuestras abuelas contaban que la ropa que se lavaba con luna menguante quedaba más limpia con menos esfuerzo, y en los tiempos en que se lavaba a mano en lavaderos públicos esto era muy útil. Además cuando querían recuperar una planta enferma la podaban radicalmente en la luna nueva.

La creencia popular asocia el aumento de alumbramientos a la luna creciente y también considera que esta fase lunar aumenta el trabajo en los hospitales y en las brigadas de la Policía.

En el ámbito agrícola también se le atribuyen a la luna una serie de fenómenos que no se saben explicar de otra manera. Por ejemplo se dice que si se siembran los ajos en luna nueva, se salen de debajo de la tierra (los escépticos dicen que si se siembran bien hondos no se saldrán); también se dice que si se cortan las cañas en luna llena, en poco tiempo se harán negras y se estropearán enseguida… y así seguiríamos con una larga lista.

Lo cierto es que tenemos más presencia de la luna en nuestras vidas de la que quizá nos demos cuenta. Es muy difícil obviarla en su fase de luna llena, enigmática, brillante, sensual…, pero el resto de los días pasa desapercibida como todo lo cotidiano y a pesar de la indiferencia que de vez en cuando profesamos, la humanidad a lo largo de su historia tiene tanto que deberle… ¿cuántos poetas a lo largo de los tiempos le han cantado a la luna?, ¿cuántos amores se han declarado a la luz de la luna?, ¿cuántos paraísos lejanos y exóticos hemos evocado embriagados por su magia?

Marco Stanley Fogg nuestro protagonista, lejos de ignorarla, vive su vida intensamente condicionada por la existencia del satélite. Está a las puertas de la edad adulta cuando los astronautas americanos ponen el pie en la luna. Contempla el acontecimiento desde la barra de un bar consciente de que, si bien no era el acontecimiento más importante desde la creación, el hombre no había estado jamás tan lejos de casa. Seguro que no imaginó que años después Neil Armstrong en Valencia, (tal vez sea una coincidencia que la Luna en esta ciudad también sea famosa), declararía que el lado oscuro de la luna no es tal, sino “medio clara”, y que su primera sensación fue de “un descanso muy grande, se pudieron quitar los auriculares y disfrutar del silencio”, una sensación placentera que apenas unos pocos pueden narrar al resto de la humanidad.

Marco descubre la espiritualidad contemplando el cartel de un restaurante chino llamado El Palacio de la Luna. El destino, y una compleja red de significantes en torno a la luna, lo lunar y la luz, le llevan a trabajar como lector y acompañante de Thomas Effing, un viejo pintor paralítico. Y escribiendo la biografía de Effing, que éste quiere legar al hijo que nunca conoció, Marco Stanley Fogg descubrirá, en un viaje que le lleva desde el Palacio de la Luna, , a los lunares paisajes del Oeste americano, los misterios de su propio origen, el nombre y la identidad de su padre.

Para otras personas, no obstante, la luna es capaz de “enamorar al toro”, y sacar de sus cabales al hombre lobo, pero de ahí a que lleve a las embarazadas al paritorio nada de nada. Según estas personas la creencia popular, según la cual la luna influye en la conducta humana, carece de fundamento. Para ellas, sólo hay un grupo de seres racionales sobre el que tiene una clara y demostrada influencia, y son las parejas de enamorados, y no pueden descartar que ocurra porque estos individuos sufran algún “trastorno temporal de la personalidad” que nada tiene que ver con el satélite.

Considero el escepticismo un motor de desarrollo de la humanidad, pero a veces pienso que algunos estudios tienen como único propósito despojar al hombre de la opción de explicar lo que no entiende a través de la magia y, sin embargo ¿no es necesario para el ser humano lo maravilloso, lo enigmático, lo inexplicable? Creo que quién no crea que la luna provoca en nosotros muchas más sensaciones de las que pensamos, debería salir a la terraza, contemplarla durante un rato y dejarse seducir por su mágico influjo.

miércoles, 16 de mayo de 2007

El béisbol

Las referencias al béisbol son continuas en la primera parte de "El Palacio de la Luna" . Juegan en ocasiones el papel de contextualizadoras de los acontecimientos y en otras ocasiones son un mero recurso literario.
Mientras examinaba los papeles lleno de reverencia, me miró con lágrimas en los ojos y predijo audazmente que 1969 sería el año de los Cubs. Casi acierta, claro, porque de no haber sido por un bajón al final de la temporada, combinado con el meteórico ascenso de esa chusma de los Mets, seguramente así habría sido.

« Me miré el pecho y vi que llevaba una camiseta de los Mets. La había comprado a principios de año en una venta de ropa usada por diez centavos.
-Ni siquiera me gustan los Mets -dije-. Yo soy de los Cubs. »

[The infamous black cat circles Ron Santo in 1969 at Shea Stadium, just before the "Mircale Mets" write another chapter of the Cubs curse.]

Seguí el espectacular descenso de los Cubs con especial interés, asombrándome de lo rápidamente que el equipo se había desmoronado. Me resultaba difícil no ver paralelismos entre su caída desde lo más alto y mi propia situación, pero no me lo tomaba como algo personal. En el fondo, la buena suerte de los Mets me gratificó bastante. Su historial era aún más abominable que el de los Cubs y presenciar su repentino y absolutamente improbable ascenso des-de las profundidades parecía demostrar que cualquier cosa era posible en este mundo. Esa idea me proporcionaba consuelo.

A propósito de la influencia del béisbol en Paul Auster se cuenta la siguiente anécdota (extraída de aquí):
En 1955, convertido en un aficionado al béisbol, se encuentra en el estadio con Willie Mays, el jugador de los New York Giants.
Why Write?: “Mr. Mays”, dije, “¿podría, por favor, tener su autografo?”(...)

Su respuesta a mi pregunta fue brusca, pero amigable. “Claro, niño, claro”, dijo. “¿Tienes un lapiz?”. Estaba lleno de vida, recuerdo, lleno de energía joven, se movía de un lado a otro mientras hablaba.

Yo no tenía un lápiz, así que la pedí a mi padre el suyo. El no tenía uno tampoco. Tampoco mi madre. Ni, cuando voltee a mirarlos, los demás adultos.

El gran Willie Mays se quedó ahí, mirando en silencio. Cuando fue claro que ninguno del grupo tenía algo con qué escribir, se volteó y encogió los hombros. “Lo siento, niño”, dijo. “Si no tienes lápiz, no puedo darte un autógrafo” Y entonces se fue caminando, fuera del campo, hacia la noche.

Después de esa noche, comencé a cargar un lápiz conmigo a cualquier sitio que iba. Se convirtió en mi hábito nunca dejar la casa sin estar seguro de llevar mi lápiz en mi bolsillo (...)

Si algo me han enseñado los años ha sido esto: si hay un lápiz en tu bolsillo, existe una buena posibilidad de que algún día te sientas tentado a usarlo. Como me gusta decirle a mis niños, así fue como me convertí en un escritor”.

martes, 15 de mayo de 2007

Cadena de curiosidades

Abrimos la cubierta, pasamos la portada, una página más y ¡zas! He aquí la dedicatoria. Primera sorpresa, este libro, en el que un hombre que no ha conocido nunca a su padre se verá arrastrado por el destino al conocimiento de sus orígenes, está dedicado por su autor a Norman Schiff, su padrastro, con quien se había casado su madre tras divorciarse de Samuel Auster.
Cuentan las biografías “oficiales” que fue por mediación de él por lo que Paul consiguió un trabajo en un barco petrolero de la Esso para trabajos variados.
Eso ocurrió aproximadamente (yo no soy una “biógrafa oficial”, así que perdonen mi inexactitud) en torno a los años 1969 o 1970, fechas en las que precisamente se ambienta el inicio del relato de “El Palacio de la Luna”.
Quizá no sea un dato relevante, pero da que pensar.
Supongo que Norman Schiff debió ser en la época una persona de gran ascendencia en la vida del joven Paul, así como también debió serlo su tío Allen Mandelbaum cuya biblioteca empieza a leer el futuro novelista cuando contaba sólo 10 años. Allí descubrió a autores como a Fyodor Dostoyevsky, así como su propia vocación. Se dice que desde entonces Paul Auster ya estaba seguro de que quería ser novelista.
No son extraños pues los matices dostoievkianos con los que Paul Auster tiñe la decadencia voluntaria en la que se sume su protagonista M.S. Fogg en el primer capítulo de esta novela.
Tampoco parece una casualidad que el pariente que más ha marcado la infancia y la juventud de Marco Stanley Fogg haya sido su tío Victor quien, por toda herencia, le deja una montaña de cajas de libros (¿transmutación de la biblioteca del tío de Auster en la que él se inició en la pasión por la literatura?).
Habitualmente no tengo esta tendencia a permitir a mis pensamientos saltar desde la realidad biográfica de un autor a la ficción novelada de sus personajes, pero con Paul Auster ¿quién puede resistirse? ¿Dónde está el límite entre lo uno y lo otro?

Marua

lunes, 7 de mayo de 2007

El principio de todo

Y en el principio, el todo. Así puede afirmarse de esta novela. Paul Auster inicia “El Palacio de la Luna” con un largo párrafo en el que se sintetiza todo lo que desde ahí ocurrirá:

Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

lunes, 30 de abril de 2007

El Palacio de la Luna

En la última sesión de nuestro club se decidió que la lectura que nos ocupará durante las próximas semanas será la del libro "El Palacio de la Luna" (1989) de Paul Auster.

Aquí os dejamos un pequeño video inspirado en esta novela.