jueves, 31 de mayo de 2007

El influjo de la luna

Nuestras abuelas contaban que la ropa que se lavaba con luna menguante quedaba más limpia con menos esfuerzo, y en los tiempos en que se lavaba a mano en lavaderos públicos esto era muy útil. Además cuando querían recuperar una planta enferma la podaban radicalmente en la luna nueva.

La creencia popular asocia el aumento de alumbramientos a la luna creciente y también considera que esta fase lunar aumenta el trabajo en los hospitales y en las brigadas de la Policía.

En el ámbito agrícola también se le atribuyen a la luna una serie de fenómenos que no se saben explicar de otra manera. Por ejemplo se dice que si se siembran los ajos en luna nueva, se salen de debajo de la tierra (los escépticos dicen que si se siembran bien hondos no se saldrán); también se dice que si se cortan las cañas en luna llena, en poco tiempo se harán negras y se estropearán enseguida… y así seguiríamos con una larga lista.

Lo cierto es que tenemos más presencia de la luna en nuestras vidas de la que quizá nos demos cuenta. Es muy difícil obviarla en su fase de luna llena, enigmática, brillante, sensual…, pero el resto de los días pasa desapercibida como todo lo cotidiano y a pesar de la indiferencia que de vez en cuando profesamos, la humanidad a lo largo de su historia tiene tanto que deberle… ¿cuántos poetas a lo largo de los tiempos le han cantado a la luna?, ¿cuántos amores se han declarado a la luz de la luna?, ¿cuántos paraísos lejanos y exóticos hemos evocado embriagados por su magia?

Marco Stanley Fogg nuestro protagonista, lejos de ignorarla, vive su vida intensamente condicionada por la existencia del satélite. Está a las puertas de la edad adulta cuando los astronautas americanos ponen el pie en la luna. Contempla el acontecimiento desde la barra de un bar consciente de que, si bien no era el acontecimiento más importante desde la creación, el hombre no había estado jamás tan lejos de casa. Seguro que no imaginó que años después Neil Armstrong en Valencia, (tal vez sea una coincidencia que la Luna en esta ciudad también sea famosa), declararía que el lado oscuro de la luna no es tal, sino “medio clara”, y que su primera sensación fue de “un descanso muy grande, se pudieron quitar los auriculares y disfrutar del silencio”, una sensación placentera que apenas unos pocos pueden narrar al resto de la humanidad.

Marco descubre la espiritualidad contemplando el cartel de un restaurante chino llamado El Palacio de la Luna. El destino, y una compleja red de significantes en torno a la luna, lo lunar y la luz, le llevan a trabajar como lector y acompañante de Thomas Effing, un viejo pintor paralítico. Y escribiendo la biografía de Effing, que éste quiere legar al hijo que nunca conoció, Marco Stanley Fogg descubrirá, en un viaje que le lleva desde el Palacio de la Luna, , a los lunares paisajes del Oeste americano, los misterios de su propio origen, el nombre y la identidad de su padre.

Para otras personas, no obstante, la luna es capaz de “enamorar al toro”, y sacar de sus cabales al hombre lobo, pero de ahí a que lleve a las embarazadas al paritorio nada de nada. Según estas personas la creencia popular, según la cual la luna influye en la conducta humana, carece de fundamento. Para ellas, sólo hay un grupo de seres racionales sobre el que tiene una clara y demostrada influencia, y son las parejas de enamorados, y no pueden descartar que ocurra porque estos individuos sufran algún “trastorno temporal de la personalidad” que nada tiene que ver con el satélite.

Considero el escepticismo un motor de desarrollo de la humanidad, pero a veces pienso que algunos estudios tienen como único propósito despojar al hombre de la opción de explicar lo que no entiende a través de la magia y, sin embargo ¿no es necesario para el ser humano lo maravilloso, lo enigmático, lo inexplicable? Creo que quién no crea que la luna provoca en nosotros muchas más sensaciones de las que pensamos, debería salir a la terraza, contemplarla durante un rato y dejarse seducir por su mágico influjo.

miércoles, 16 de mayo de 2007

El béisbol

Las referencias al béisbol son continuas en la primera parte de "El Palacio de la Luna" . Juegan en ocasiones el papel de contextualizadoras de los acontecimientos y en otras ocasiones son un mero recurso literario.
Mientras examinaba los papeles lleno de reverencia, me miró con lágrimas en los ojos y predijo audazmente que 1969 sería el año de los Cubs. Casi acierta, claro, porque de no haber sido por un bajón al final de la temporada, combinado con el meteórico ascenso de esa chusma de los Mets, seguramente así habría sido.

« Me miré el pecho y vi que llevaba una camiseta de los Mets. La había comprado a principios de año en una venta de ropa usada por diez centavos.
-Ni siquiera me gustan los Mets -dije-. Yo soy de los Cubs. »

[The infamous black cat circles Ron Santo in 1969 at Shea Stadium, just before the "Mircale Mets" write another chapter of the Cubs curse.]

Seguí el espectacular descenso de los Cubs con especial interés, asombrándome de lo rápidamente que el equipo se había desmoronado. Me resultaba difícil no ver paralelismos entre su caída desde lo más alto y mi propia situación, pero no me lo tomaba como algo personal. En el fondo, la buena suerte de los Mets me gratificó bastante. Su historial era aún más abominable que el de los Cubs y presenciar su repentino y absolutamente improbable ascenso des-de las profundidades parecía demostrar que cualquier cosa era posible en este mundo. Esa idea me proporcionaba consuelo.

A propósito de la influencia del béisbol en Paul Auster se cuenta la siguiente anécdota (extraída de aquí):
En 1955, convertido en un aficionado al béisbol, se encuentra en el estadio con Willie Mays, el jugador de los New York Giants.
Why Write?: “Mr. Mays”, dije, “¿podría, por favor, tener su autografo?”(...)

Su respuesta a mi pregunta fue brusca, pero amigable. “Claro, niño, claro”, dijo. “¿Tienes un lapiz?”. Estaba lleno de vida, recuerdo, lleno de energía joven, se movía de un lado a otro mientras hablaba.

Yo no tenía un lápiz, así que la pedí a mi padre el suyo. El no tenía uno tampoco. Tampoco mi madre. Ni, cuando voltee a mirarlos, los demás adultos.

El gran Willie Mays se quedó ahí, mirando en silencio. Cuando fue claro que ninguno del grupo tenía algo con qué escribir, se volteó y encogió los hombros. “Lo siento, niño”, dijo. “Si no tienes lápiz, no puedo darte un autógrafo” Y entonces se fue caminando, fuera del campo, hacia la noche.

Después de esa noche, comencé a cargar un lápiz conmigo a cualquier sitio que iba. Se convirtió en mi hábito nunca dejar la casa sin estar seguro de llevar mi lápiz en mi bolsillo (...)

Si algo me han enseñado los años ha sido esto: si hay un lápiz en tu bolsillo, existe una buena posibilidad de que algún día te sientas tentado a usarlo. Como me gusta decirle a mis niños, así fue como me convertí en un escritor”.

martes, 15 de mayo de 2007

Cadena de curiosidades

Abrimos la cubierta, pasamos la portada, una página más y ¡zas! He aquí la dedicatoria. Primera sorpresa, este libro, en el que un hombre que no ha conocido nunca a su padre se verá arrastrado por el destino al conocimiento de sus orígenes, está dedicado por su autor a Norman Schiff, su padrastro, con quien se había casado su madre tras divorciarse de Samuel Auster.
Cuentan las biografías “oficiales” que fue por mediación de él por lo que Paul consiguió un trabajo en un barco petrolero de la Esso para trabajos variados.
Eso ocurrió aproximadamente (yo no soy una “biógrafa oficial”, así que perdonen mi inexactitud) en torno a los años 1969 o 1970, fechas en las que precisamente se ambienta el inicio del relato de “El Palacio de la Luna”.
Quizá no sea un dato relevante, pero da que pensar.
Supongo que Norman Schiff debió ser en la época una persona de gran ascendencia en la vida del joven Paul, así como también debió serlo su tío Allen Mandelbaum cuya biblioteca empieza a leer el futuro novelista cuando contaba sólo 10 años. Allí descubrió a autores como a Fyodor Dostoyevsky, así como su propia vocación. Se dice que desde entonces Paul Auster ya estaba seguro de que quería ser novelista.
No son extraños pues los matices dostoievkianos con los que Paul Auster tiñe la decadencia voluntaria en la que se sume su protagonista M.S. Fogg en el primer capítulo de esta novela.
Tampoco parece una casualidad que el pariente que más ha marcado la infancia y la juventud de Marco Stanley Fogg haya sido su tío Victor quien, por toda herencia, le deja una montaña de cajas de libros (¿transmutación de la biblioteca del tío de Auster en la que él se inició en la pasión por la literatura?).
Habitualmente no tengo esta tendencia a permitir a mis pensamientos saltar desde la realidad biográfica de un autor a la ficción novelada de sus personajes, pero con Paul Auster ¿quién puede resistirse? ¿Dónde está el límite entre lo uno y lo otro?

Marua

lunes, 7 de mayo de 2007

El principio de todo

Y en el principio, el todo. Así puede afirmarse de esta novela. Paul Auster inicia “El Palacio de la Luna” con un largo párrafo en el que se sintetiza todo lo que desde ahí ocurrirá:

Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

lunes, 30 de abril de 2007

El Palacio de la Luna

En la última sesión de nuestro club se decidió que la lectura que nos ocupará durante las próximas semanas será la del libro "El Palacio de la Luna" (1989) de Paul Auster.

Aquí os dejamos un pequeño video inspirado en esta novela.


viernes, 27 de abril de 2007

¿Happy End?

Hemos finalizado un nuevo libro. Otro más en el haber de nuestro club que, poco a poco, va creciendo y madurando como los niños a los que se les quiere y se les mima desde el principio.
Caperucita en Manhattan ha supuesto para algunas de nosotras un reencuentro con anhelos de la infancia, con ese ansia de independencia que tenemos de niños vista con la ingenuidad característica de los primeros años.
Esta vez la Caperucita reflejada en la historia por Martín Gaite se manifiesta como una niña madura, absolutamente respetuosa con la privacidad de los demás (intimidad de la que ella se ve privada por su madre en un esfuerzo por sobreprotegerla), que entiende inmediatamente el momento en el que se encuentra su abuela mientras baila con un antiguo admirador. ¿No sería este un final maravilloso para nuestra historia? Podría ser, sin embargo eso hubiera supuesto dejar a Caperucita sin una merecida recompensa. Hubiera sido un final propio del cine al que tantas referencias ha hecho la autora en este libro, aunque brindar un homenaje tan exacerbado al celuloide habría dejado huérfana la esencia de la historia.
El "happy end" por el que opta Carmen Martín Gaite no podía por menos que recompensar la intensidad con la que vive Sara su historia. Finalmente, tras sus aventuras con la abuela, con el "lobo" Mr. Woolf, que sin ser tal, bien pudiera serlo por su descripción física, y por supuesto con el hada "coadyuvante" Miss Lunatic, Sara Allen decide plantarle cara a todos sus miedos y aplicar la enseñanza transmitida por Miss Lunatic, viviendo su aventura plenamente y lanzándose al vacío con todas las consecuencias.
Nos han quedado muchos asuntos pendientes, quizás podríamos haber reflexionado sobre la soledad a la que se enfrentan todos los personajes, sobre el miedo a la libertad y sobre el peligro que supone el ser humano para sí mismo. Estos temas están aquí y siguen pendientes de reflexión, por lo que algún día, a lo mejor, podemos releer este cuento maravilloso, sin prisa, como haría Miss Lunatic.

miércoles, 25 de abril de 2007

Mucho gusto, Miss Lunatic


Miss Lunatic es una mujer muy vieja, vestida con harapos que aparece por las calles de Manhattan cuando empieza a oscurecer. Sabe leer la palma de la mano, pero realmente su gran pasión es recoger gatos sin dueño para buscarles un hogar y ayudar a los desesperados a encontrar la fe y a descubrir la razón de su malestar. Quizás el alter ego de Carmen Martín Gaite, Miss Lunatic fascina por su disponibilidad ante la vida, posiblemente la misma de la que hizo gala su madre literaria. Está dispuesta a vivir el momento aunque aparentemente le ofrezca algo menos valioso. Es un personaje que llena de esperanza. Presenta un modelo de vida completamente diferente al que estamos obligados a vivir y de hecho vivimos. Miss Lunatic es el paradigma de la renuncia a las cosas superficiales. Es valiente y en este cuento, al igual que entrega a Sara la moneda de cobre, nos deja a nosotros los lectores otra "moneda-llave": en la vida podremos encontrar laberintos tortuosos pero podemos salir. Su enseñanza es que "quien no ama la vida, no encuentra el camino" (pág.180).

Sara Allen es una niña verdaderamente afortunada por conocerla y por ser la portadora de su secreto. Sara supo ver con los ojos del alma, lo más profundo de la personalidad de Miss Lunatic que, escondida bajo un sombrero de alas tan anchas que apenas dejan verla, oculta un rostro reflejo de la espontaneidad, de la independencia, de la franqueza, de la sencillez, de la osadía... y que sólo pudo ver quién, detrás de una mirada cándida, encubría unos irrefrenables deseos de libertad.


¿A qué llaman vivir?

Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald... Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse...

Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite

lunes, 23 de abril de 2007

Celebración del Día del Libro


Hoy, 23 de abril, se celebra el día del libro en conmemoración de la muerte de dos grandes de la literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. Murieron en el mismo día aunque con distintos calendarios: según el calendario Gregoriano el español, y según el Juliano, el literato inglés. Nuestro club de lectura, como no puede ser de otra manera, también celebra este día de libros y flores. Para ello, no estaría de más recordar un pasaje de uno de nuestros libros más universales. Apareció en Burgos allá por 1499. Era una obra compuesta por dieciséis actos, y autor discutido, que con el pasar de los tiempos se ha atribuido de manera más o menos certera a Fernando de Rojas, y se ha convertido en uno de los clásicos más influyentes de la literatura universal. Es como no, la Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea.

Esta es la Escena III del Acto II:

(Calisto ha contratado a Celestina para que actúe de mediadora en sus amores con Melibea)

PÁRMENO: Aquí estoy, señor.
CALISTO: Tú, Pármeno, ¿qué te parece de lo que hoy ha pasado? Mi pena es grande, Melibea alta, Celestina sabia y buena maestra destos negocios. No podemos errar. Tú me la has aprobado con toda tu enemistad. Yo te creo. Que tanta es la fuerza de la verdad que las lenguas de los enemigos trae a sí. Así que, pues ella es tal, más quiero dar a esta cien monedas que a otra cinco.
PÁRMENO: (Aparte.) ¿Ya las lloras? ¡Duelos tenemos! ¡En casa se habrán de ayunar estas franquezas!
CALISTO: Pues pido tu parecer, séme agradable, Pármeno. No abajes la cabeza al responder. Mas como la envidia es triste, la tristeza sin lengua, puede más contigo su voluntad que mi temor. ¿Qué dijiste, enojoso?
PÁRMENO: Digo, señor, que irían mejor empleadas tus franquezas en presentes y servicios a Melibea que no dar dineros aquélla, que yo me conozco y, lo que peor es, hacerte su cautivo.
CALISTO: ¿Cómo, loco, su cautivo?
PÁRMENO: Porque a quien dices el secreto, das tu libertad...


¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!


martes, 17 de abril de 2007

Funciones o fases de los cuentos

En la primera parte de Caperucita en Manhattan nos encontramos con la "situación inicial", la presentación del contexto y los personajes. Sin embargo, ya se incluyen algunas de las funciones señaladas por Vladimir Propp en todo cuento de hadas popular. En concreto ya nos encontramos con la prohibición (Sara desea más que nada ir a Manhattan sola pero su madre no sólo no lo permite sino que la lleva con la mano muy apretada todo el trayecto). Esta primera parte termina además con el alejamiento: los padres de Sara deben marcharse a causa de la muerte de su tío. Este alejamiento condicionará, como veremos, la aventura de Sara como heroína en el desarrollo posterior del relato.

Temas que se vislumbran ya en esta primera parte:
Anhelo de libertad por parte de Sara.
Deseo de reconocimiento por parte de Vivian.
Importancia de ser fiel a uno mismo y satisfacer las propias necesidades.

Hemos hablado ya de las funciones que Propp distingue en todo cuento de hadas, en total son 31, entre ellas, después del alejamiento y la prohibición, están:
- La trasgresión (de la prohibición)
- El conocimiento (el antagonista entra en contacto con el héroe)
- La información (el antagonista recibe información sobre la víctima o viceversa)
- El engaño (el antagonista engaña al héroe)
- La complicidad.
- La fechoría
- La mediación (se le formula al héroe una petición u orden y se le permite u obliga a marchar para resolver la fechoría)
- Aceptación (el héroe decide partir)
- La partida (del héroe)
- La prueba
etc.
Estas funciones corresponden a los distintos personajes (héroe o heroína, agresor, donante, auxiliar mágico, mandatario).

viernes, 13 de abril de 2007

«Caperucita en Manhattan» de Carmen Martín Gaite



"A todas las Caperucitas por ser capaces de aprender y reunir experiencias acerca de la familia, de la amistad, de la soledad, del peligro, de la monotonía de la vida diaria y del ejercicio de la libertad"








Imagen obtenida de una campaña de Conexión Colombia

Como segundo título para leer en nuestro club habíamos escogido «Mujeres que corren con los lobos» también de Clarissa Pinkola Estés, autora asimismo de «El jardinero fiel: aquello que jamás puede morir» pero ante la imposibilidad temporal de encontrar el número de ejemplares suficiente para todas nosotras, optamos por una nueva propuesta. El título elegido fue «Caperucita en Manhattan» de Carmen Martín Gaite.
Este libro, cuya primera edición es de 1990, es una hermosa fábula moderna. Es la historia de Sara, una moderna Caperucita, y sus aventuras por el "bosque urbano" (que más que bosque se diría selva) de la isla de Manhattan en Nueva York.
La primera impresión de cada una de nosotras acerca de este cuento ha sido en general positiva, si bien nuestras opiniones respecto al mismo han sido muy diversas. Para unas parece un cuento en el que se manifiesta la búsqueda de una misma, de los propios anhelos reprimidos; para otras se trata de un cuento entretenido pero la ubicación en Manhattan puede resultar algo artificial. También ha habido lugar para la tristeza , porque da la impresión de que la protagonista no es una niña feliz en su familia, y se ha vislumbrado, como no, ese toque irónico propio de su autora. Igualmente se ha opinado que los personajes y situaciones eran demasiado arquetípicos.
Se discute sobre por qué la historia de Sara puede parecer triste. Entre otros argumentos, comentamos que se trata de un cuento de hadas y como todos ellos refleja un momento del ser humano expresado ancestralmente mediante este tipo de relatos. En particular el cuento de Caperucita Roja, como otros muchos, responde a los primitivos ritos de iniciación, en los que el niño entra en el bosque, en la cabaña, para salir siendo otro, convertido en adulto. Sara, en plena pubertad, vive esa fase de transición y al mismo tiempo de fantasía.
Otro aspecto que a todas nos gustó del cuento fue el invento por parte de Sara de las farfanías, palabras inventadas por ella, pero con un significado real.
A continuación pasamos al análisis de los personajes y la discusión se centró sobre los modelos de mujer representados por la madre (Vivian) y la abuela (Rebeca) de Sara.
La madre corresponde exactamente con el arquetipo del Bienhechor de la psicología iunguiana. Representa la nutrición el cuidado de los otros, pero en su lado oscuro resulta una madre sofocadora, victimizada y culposa, que no discrimina entre las verdaderas necesidades de los otros y su necesidad de sentirse útil y valorada.
La abuela sin embargo representa a la mujer libre e independiente, es soñadora y odia la monotonía y la sumisión a las reglas. Sin embargo esa libertad no parece hacerla del todo feliz ya que en algún momento manifiesta la necesidad de amar a alguien (o de ser amada).
Sara, ubicada entre dos modelos tan opuestos, desprecia el modelo representado por su madre y desea ser como su abuela. De mayor lo que quiere es "ser actriz y pasarse todo el día tomando ostras con champán y comprándose abrigos con el cuello de armiño, como uno que llevaba de joven su abuela Rebeca" (p. 39)
Surge entonces una pregunta: ¿Es la abuela un mejor modelo de madre que su hija Vivian?No parece que sea así ya que Rebeca, en su deseo de libertad, parece no haber cubierto las necesidades afectivas de su propia hija quien, una vez adulta, enmascara su propia "orfandad" volcándose exageradamente en su papel de madre, no sólo para su hija sino para su marido y para su propia madre, quienes ni aprecian ni necesitan tales cuidados.

miércoles, 21 de febrero de 2007

El jardinero fiel

El primer libro que hemos leído ha sido "El Jardinero fiel" de Clarissa Pinkola Estés. Con esta historia bondadosa sobre los cuentos y este cuento mismo, reflexionamos sobre qué es aquello que jamás debe morir para cada una de nosotras. La ilusión de seguir creciendo, disfrutar de las pequeñas cosas que la vida ofrece, mantener proyectos de futuro... han sido algunas de las conclusiones.
De esta escueta pero consistente lista nos ha sorprendido la ausencia del amor, y esto ha provocado una reflexión paralela, ¿por qué no ha aparecido como tal? Es que finalmente, ¿para ninguna de nosotras es importante el amor?. Por supuesto que es importante, si bien no lo es la palabra en sí misma, como elemento ineludible de una descripción de objetivos de vida, vacía de contenido y en abstracto, pero en definitiva todo aquello que jamás debe morir es una concreción del amor. Es este amor concreto, el amor como motor de la existencia, el amor hacia las demás personas, hacia uno mismo, como motivación de crecimiento personal, lo que da sentido a nuestra vida.
Es el amor contínuo por la vida, sea cual sea la que nos haya tocado vivir, y por todos los momentos que la componen, aquello que jamás debe morir, porque incluso de los momentos aparentemente desfavorables se pueden sacar enseñanzas, y en cualquier caso aunque el camino cambie, siempre continúa por algún sendero, y lo que nos depare de nuevo puede hacernos dichosos incluso más de lo que éramos antes, pero esto nadie lo puede saber. Por eso sólo la receptividad y el amor hacia lo que la vida pueda depararnos puede darnos la felicidad.

"¿Qué es aquello que jamás puede morir?
Es aquella fuerza fiel que nace en nuestro interior,
la que es más grande que nosotros,
la que atrae la nueva semilla hacia los lugares abiertos, maltrechos y estériles
de tal manera que pueda volver a arraigar en nosotros.
Esta fuerza, en su insistencia, en su lealtad a nosotros,
en su amor por nosotros, en su acción casi siempre misteriosa,
es mucho más grande, mucho más majestuosa
y mucho más antigua
que cualquier otra fuerza que jamás se haya conocido"

"El jardinero Fiel" Clarissa Pinkola Estés



martes, 20 de febrero de 2007

Punto de partida: nuestro decálogo.

En el momento de dar inicio a la andadura de este Club de Lectura viene a nuestra mente el libro de Daniel Pennac "Como una novela". Pennac inicia este libro sobre el hábito de la lectura con las siguientes palabras:
El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo “amar”…, el verbo “soñar”…
Hacemos nuestras estas palabras, pues para nosotras la lectura es una fuente de entretenimiento, diversión, aprendizaje, etc. pero nunca una obligación impuesta. Partiendo de esta premisa nos comprometemos (no como una obligación sino como un libérrimo compromiso personal) a leer conjuntamente los libros que se vayan acordando y a reunirnos una vez a la semana para comentarlos, debatir, charlar sobre ellos y todo lo que se tercie.
Los libros propuestos unas veces serán más del gusto de unas que de otras pero todas los leeremos.
Pero para que esto funcione hacemos nuestro el decálogo de los "Derechos imprescriptibles del lector" que el propio Pennac establece en el libro citado. A saber:
Los Derechos Imprescriptibles del Lector
1) El derecho a no leer.
2) El derecho a saltarnos las páginas.
3) El derecho a no terminar un libro.
4) El derecho a releer.
5) El derecho a leer cualquier cosa.
6) El derecho al bovarismo*.
7) El derecho a leer en cualquier sitio.
8) El derecho a hojear.
9) El derecho a leer en voz alta.
10) El derecho a callarnos.
[* El bovarismo, según Pennac, es, a grosso modo, "esa satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones" que nos provoca la lectura de un libro no importa qué tipo de libro sea, ni si alguien nos dice que eso no es "literatura de verdad".]
Cada una de nosotras es libre de saltarse las páginas que quiera de los libros que leamos en este Club, así como de no llegar a su término si realmente no le parece interesante o no disfruta con esa lectura. Pese a lo cual seguirá acudiendo a las reuniones del club y participando en sus debates, aunque sólo sea para manifestar que ha sido incapaz de terminarlo, o que le aburre como una ostra.
Siguiendo con las citas de nuestro "inspirador" Pennac:
“La gran novela que no se es capaz de terminar no es necesariamente más difícil que otra..., existe entre ella y el lector una reacción química que no funciona.”
Aún así, nuestro propósito es que la lectura sea para todas nosotras un deleite y además un deleite compartido.